A lo Cobain

El 5 de Abril de 1994 Kurt Cobain llevó a su rostro el barril de una escopeta y jaló el gatillo para quitarse la vida, convirtiéndose en una de las más icónicas figuras del Club de los 27. Su cuerpo, inerte, estuvo tres días en descomposición hasta que un contratista observó por accidente su cadáver por la ventana. Como si fuese una de sus gélidas canciones, nadie había externado preocupación por su ausencia. Cobain se remojó por 72 horas en un charco de sangre diluida en heroína y Valium, sin que nadie tocara su puerta. Así murió el máximo exponente del rock de los 90s. Solo, lejos de los aplausos o exclusivas de MTV; solo, a lo Cobain.

Me considero fan de Nirvana, pero en esta fecha me es imposible celebrar la carrera de su vocalista. Confesaré que hace unos días en el primer borrador de este artículo intenté exponer las virtudes de su voz ronca y sus obras maestras que solo requerían de tres acordes. Quería alabar su sencillez y cinismo que salvaron al rock del circo que se había vuelto gracias al ego, la soberbia y misoginia de la industria. Pero hoy eso importa un carajo, Kurt podría tener 51 años escribiendo poesía y no es así.

Un día como hoy se fue un genio que perdió la batalla con la depresión, que fue consumido por las adicciones, víctima de la ridiculización constante de los medios, blanco de expectativas inhumanas y, para un gran porcentaje de su público, un hombre definido por una sola canción. Encasillado a un rol sin futuro, fue cuestión de tiempo antes de que él mismo lo empezara a creer.

Sus críticos lo acusan de “crybaby”, de emo, de cobarde. Juzgando a una figura que soportó presiones mediáticas inimaginables. Y no, no insinúo que los medios mataron a Cobain, como tampoco me atrevería a decir que mataron a Winehouse, pero sin duda dificultaron su recuperación y enajenaron a un hombre que combatía demonios internos más comunes de lo que queremos creer. Lo único que insinúo es que minimizar las aflicciones ajenas y sentenciarlas desde la comodidad de la distancia es la verdadera esencia de los cobardes.

Hoy le brindaré a Cobain, y quizá con suficiente alcohol le llore. Pensaré en lo que pudo ser, en lo que salió mal, en las poesías que nunca llegaron al papel, en las lecciones que nos deja ese disparo de escopeta y esa agridulce nota de suicidio. Pero eso es solo por hoy, mañana continuarán las playlist de grunge, la guitarra con distorsión, las dosis de no tomarse en serio, de burlarse de la naturaleza humana. A lo Cobain, pero unos cuantos años arriba de los 27, lo Cobain ya se siente diferente.

“En los pinos, en los pinos, donde el sol nunca brilla, temblaré a través de la noche…”

Where did you sleep last night, Unplugged in NY, Nirvana, 1994.

Salud.

 

 

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